miércoles, 29 de agosto de 2012

Competencia imperfecta: Triopolio en el Buenos Aires colonial


Buenos Aires contra los abogados



Los semblantes de los capitulares permitían advertir que la mañana del 22 de octubre de 1613 un tema grave iba a tratarse en el Cabildo. El regidor Miguel del Corro pidió la palabra. Dijo que ya era pública y notoria en toda la ciudad la inminente llegada de Diego Fernández de Andrada,José de Fuensalida yGabriel Sánchez de Ojeda. Rogó al Cabildo que se prohibiera el ingreso de estos tres sujetos y advirtió que si así no se hiciera, el Ayuntamiento iba a cargar con la responsabilidad de lo que pudiera ocurrir.
¿Quiénes eran estos tres hombres que tanta preocupación habían causado? Fernández de Andrada era oriundo de Santiago del Estero; Fuensalida vivía en Córdoba y Sánchez de Ojeda provenía de Chile. Los tres marchaban rumbo a la incipiente Buenos Aires y tenían en común algo que perturbaba a los capitulares: ¡eran abogados!
La opinión de las autoridades era que si se instalaban en el poblado (Fuensalida y Sánchez de Ojeda ya habían actuado en Buenos Aires), iban a iniciarse juicios innecesarios. Por lo tanto, estos tres hombres obtendrían importantes sumas de dinero mientras enfrentaban a todos contra todos. Según consta en la foja 252 del libro de Actas del Cabildo, Del Corro sugirió que se enviara a un paisano en el camino hacia Córdoba para que, al cruzarlos en la ruta, les entregara una carta del Ayuntamiento ordenándoles que pegaran media vuelta y descarataran la idea de impregnar de juicios a Buenos Aires.
Tomó la palabra el alcalde Francisco de Manzanares, quien apoyó la moción de Del Corro. Uno a uno, todos los miembros del Cabildo fueron exponiendo su parecer. Hablaron del bien público, la pobreza de esta tierra y la escasa necesidad de servicios legales, entre otras cosas. El veredicto salió por mayoría absoluta: los tres abogados no debían poner un pie en la ciudad.
¿Eran fundados los temores? En realidad, las autoridades porteñas no deseaban que estos hombres se inmiscuyeran en los negocios que llevaban adelante, en aquellos tiempos en que el contrabando era la moneda corriente de la prosperidad en Buenos Aires.

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